Una noche en una mazmorra okupa: la importancia de re-imaginar los espacios

 

En España se dice mucho eso de que "la cabra tira p'al monte", y es una verdad como un templo. Y, como cabra emocionalmente cabezota que soy, hace dos semanas volví a viajar a mi querida Ámsterdam, aunque esta vez decidimos (sí, por primera vez ha sido un "nosotros", pero ésa es otra historia) no quedarnos en casa de nadie. Fran - mi compañero de aventuras - y yo fuimos invitados, gracias a un amigo mío, a quedarnos en Spinhuis, uno de los últimos espacios okupados ilegales de Ámsterdam. Así que pasamos una noche allí.

 

Es cierto que yo ya había estado en okupas, acudiendo como público a eventos o actuando en algunos de ellos. Pero nunca había pasado la noche en una, durmiendo con los demás en función de invitada - ni Fran tampoco. Ambos estábamos bastante expectantes, aunque también nerviosos: no queríamos que interpretaran nuestro entusiasmo como voyeurismo turista.

 

Aquella noche nos plantamos allí, hambrientos, cansados y empapados por la lluvia. El espacio está sutilmente escondido bajo un puente, por debajo del nivel del agua de uno de los principales canales de la ciudad. Nuestro amigo abrió la desvencijada puerta y pasamos a una estancia amplia y acogedora, construida en ladrillo bajo un techo ovalado. Lo primero que hice nada más entrar fue resbalarme y caerme por el par de escalones que había en la entrada, delante de todo el mundo. Fue estupendo. Que lo de viajar muy bien, pero la elegancia no es un don con el que fui agraciada al nacer.

 
Sin embargo, enseguida nos pusimos a hablar con todo el mundo, cerveza en mano. Conocimos a personas simpatiquísimas, de todas las edades y géneros, que nos explicaron un poco más sobre el lugar en el que estábamos. Por lo visto, la okupa había sido hacía siglos una antigua mazmorra que encontraron por casualidad y que decidieron revivir, ya que nadie estaba haciendo uso de ella. La verdad es que, hasta ahora, éste es el sitio más raro en el que he visto una película de comedia.

 

No sé cómo será con los demás, pero yo no he crecido con el concepto de espacio como algo de uso cuestionable. Es decir: una casa es el lugar donde vivir, un colegio es el lugar al que se va a diario para aprender (ja-ja, ya lo sé, pero ése es otro tema) y una estación de tren es donde se espera al tren. Y punto. Pero cuando una empieza a viajar, los usos de los espacios empiezan de pronto a mezclase, a volverse relativos. Empiezas a ver posibilidades en sitios para las que no están pensados: ¿Es ilegal dormir en esa estación de trenes? ¿Y si me cambio de ropa en aquella biblioteca pública? ¿Me dejarán ducharme en ese centro de veteranos de guerra? Y, por supuesto, el uso primario de dicho lugar debe ser respetado, pero, ¿y si el nuevo uso no interfiere con el original? ¿Y si dicho espacio ni siquiera está en uso? Los lugares abandonados okupados como Spinhuis no son sólo una solución práctica a la falta de hogares y centros culturales de las ciudades, sino también un recordatorio de la posibilidad de redefinir los espacios. Después de todo, una mazmorra okupa fue nuestro hogar por una noche.

 

 

 Sin embargo, y aunque sea muy obvio, hay un punto que es necesario aclarar - y es el hecho de que a veces (sin ir más lejos, en el caso de algunos de los habitantes de Spinhuis), la creación de un hogar a partir de un espacio que no debería serlo no es fruto de la elección, sino una decisión difícil tomada por no tener suficientes opciones. Existen muchas razones por las que alguien puede decidir okupar, pero en algunos casos estas razones brotan directamente de la falta de privilegio. La necesidad de re-imaginar espacios tiene por tanto, en ocasiones, un carácter de supervivencia, y esto es algo que debemos recordar cuando tenemos la suerte de poder jugar con ello sin más.

 

En cambio, si volvemos al tema de los viajes, nuestra perspectiva cambia completamente. Durante un viaje con presupuesto reducido, el proceso de imaginar las posibilidades de un espacio concreto se convierte en un divertido juego creado para suplir ciertas necesidades básicas como un techo o la higiene personal, contando con poco dinero. Por eso, en nuestro día a día, no vemos los espacios como algo cuestionable - porque no nos hace falta. Y por esta razón pienso que el turismo convencional equivale a mover nuestra zona de comfort a un lugar distinto - después de todo, el uso que haces de los espacios en estos casos (hoteles, restaurantes) es el designado. Los viajes con un presupuesto no reducido implican muy poca o ninguna resolución de problemas. A no ser, por supuesto, que por "resolución de problemas" entiendas el dudar de si en el bar del hotel te van a mirar mal por pedirte un cubata a la una del mediodía. 

 

Sin embargo, la diversión empieza una vez has aprendido esta lección vital sobre los espacios y vuelves a casa.


Si vives en Madrid, existe una pequeñísima posibilidad de que hayas oído hablar de un sitio llamado El Tipi. Si lo buscas en Internet, verás que es una especie de espacio cultural en un piso del centro de la ciudad, cuyos tres inquilinos usan para organizar conciertos, talleres y a veces idas de olla como pasajes del terror. Y todo gratis.

 

Pues bien, ese sitio es mi casa.

 

Cuando Pablo (mi compañero de piso) y yo nos mudamos juntos hace casi un año, no nos conocíamos de nada y el piso entero estaba sin amueblar. Todo estaba, literalmente, en blanco. Y, al igual que en la vida, los eventos se sucedieron en un orden concreto: primero cubrimos las necesidades básicas amueblando la casa (principalmente, con muebles que íbamos encontrando en la calle). Mientras tanto y una vez terminado este proceso, nos hicimos amigos. Y, finalmente, creamos este proyecto artístico juntos, en el que Eva (nuestra siguiente compañera de piso) se metió de cabeza.

 

 

 La verdad es que existe cierto encanto en actuar ante un público en el mismo salón en el que te suenas la nariz como un mamut agonizante en compañía de un plato de sopa y medio kilo de ibuprofenos cada vez que coges un catarro. La barrera que separa lo privado y lo público parece difuminarse durante unas horas y, antes de que me aparezca el cartel de comunista en la frente, aclararé que somos nosotros quienes pagamos las facturas y limpiamos el piso cuando todos se van para reconvertirlo, una vez más, en nuestro hogar. Pero la parte más gratificante es que no lo hacemos a partir de una necesidad tangible. Hemos elegido redefinir el concepto de hogar simplemente porque podemos y jugamos con las posibilidades que ofrece porque nos divierte y nos llena. Bueno, y también porque a veces la gente trae comida.

 

Ya sea por supervivencia o por diversión, re-imaginar el uso de un espacio tiene el increíble efecto de abrirte la mente de cara a cuestionar otros conceptos no analizados hasta ese momento, como el uso de cualquier objeto inanimado o lo que necesitamos para vivir felizmente. Y, mientras esto ocurre, te conviertes en una persona más imaginativa, y por tanto más feliz, porque vas encontrando nuevas formas de resolver situaciones. Mis compañeros de piso y yo no teníamos un local donde organizar eventos, así que creamos uno en nuestro salón. La última noche de nuestro viaje Fran y yo no teníamos dónde dormir, así que construimos un pseudo-campamento en el aeropuerto con sacos de dormir y ropa usada. Poco a poco, la realidad se muestra moldeable y llena de opciones, como un juego, tal y como lo hacía durante la niñez - mucho antes de que empezaras a hacer caso a cosas como "¡niña, el supermercado no es un patio de recreo!"


Pero entonces, un día, te das la vuelta y dices: "¿o sí?"... y es entonces cuando todo empieza a cambiar.

 

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