25 centavos

 

Nashville, Tennessee

 

Según bajaba las escaleras de la biblioteca, se me acercó un hombre. Tenía los ojos azules, muy claros y lúcidos. Su pelo gris estaba revuelto y sus gestos eran cautos y amables. Me pidió 25 centavos para llamar por teléfono. Yo rebusqué en mis bolsillos pero sólo tenía un par, así que le ofrecí mi móvil, pero no lo quiso. Me dijo que era para una entrevista de trabajo. Bajé con él al vestíbulo para que me dieran cambio. Yo sentía que debía ayudarlo, que de verdad estaba buscando trabajo. Agradeciéndomelo muchísimo, metió la moneda en la cabina y yo me despedí deseándole suerte. Salí muy contenta y tomé el camino a casa.

Pero entonces me asaltó un pensamiento. 25 centavos. Le había dado a ese hombre, que tenía toda la pinta de buena persona intentando rehacer su vida, 25 míseros centavos. Podía haberle dado el resto del dólar por si necesitaba hacer más llamadas, podía haberle invitado a un café, o a cenar. Yo había llegado gratis a esta ciudad, había estado viajando, comiendo y durmiendo a costa de la generosidad de la gente, y no fui capaz de pensar en ser generosa con este hombre que lo necesitaba de verdad. La angustia me recorrió el cuerpo como un ácido corrosivo. Me paré en seco. Estaba en un puente sobre una gran autopista, ya lejos del centro. (...) No tenía sentido volver.

Sentí ganas de contárselo a alguien, de ser consolada, pero estaba totalmente sola. Intenté aceptarlo, aceptar mis errores humanos. Esto era una lección, a la próxima lo haría mejor. Pero yo quería ayudarlo a él, no a una hipotética próxima persona. Pensé en la necesidad de tener ciertas máximas en mente de forma constante y creo que es la vez en mi vida que más he entendido la esencia del pensamiento religioso. (...) Y de tanto pensar y tanto agobiarme, me perdí y tardé casi una hora más en llegar a casa.

 


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