Pero... ¿tú eres radical?

Fotografía de Sofía Boriosi

 

Hace unas semanas me encontraba en una casa, cenando con un pequeño grupo de personas. El tema de la conversación había acabo derivando en el racismo y yo estaba explicando el concepto de apropiación cultural a una de las comensales, a quien conozco desde hace poco. Fue una conversación (in)tensa, de ésas que ya nos conocemos las feministas, en la que mi rol fue el de hacer entender, escogiendo cuidadosamente las palabras, por qué no está bien que las personas blancas usemos un estereotipo racial como disfraz. Sin embargo no tuve éxito, ella no lo veía así y decidimos cambiar de tema. Al terminar la cena, esa misma chica me preguntó: "Oye, entonces, ¿tú eres radical?"  Yo, casi automáticamente, respondí que sí. Hubo un breve silencio y alguien comenzó una nueva conversación, pero yo me quedé pensando en aquello, y en la forma tan natural en la que me había identificado ante prácticamente una desconocida con una palabra tan polémica. Su pregunta se quedó flotando sobre mi cabeza el resto de la noche. "¿Tú eres radical?"

 

Antes de irme a dormir me acordé de alguien a quien yo había hecho esa misma pregunta hacía tres años. Yo tenía 22 y estaba en la mitad de mi primer viaje sola, en Estados Unidos. El chico era un activista de Nashville (Tennessee), involucrado en luchas raciales y de dignidad obrera, que me había acogido en su casa. Por aquel entonces yo, que ya había descubierto el feminismo, estaba empezando a comprender por qué las personas negras sienten tanto miedo y rabia hacia la policía del país. Este chico tenía una forma amigable y dulce de expresarse, una enorme capacidad de escucha y más paciencia organizando grupos de la que yo jamás podré tener. Desde luego, no encajaba con la idea que yo tenía en mi cabeza de alguien "radical". Pero así se definió él un día, en una de nuestras conversaciones, y yo quise saber por qué. Él me respondió, con toda la amabilidad del mundo, que ser radical es necesario cuando se trata de una opresión. Y ese día cambiaron muchas cosas en mi forma de mirar el mundo.

 

Manifestación en Nashville (Tennessee). Noviembre 2014.
Manifestación en Nashville (Tennessee). Noviembre 2014.

 

A menudo la palabra "radical" se usa como sinónimo de "extremista" - una persona que saca un tema de quicio, que lo lleva demasiado lejos. Sin embargo, no son en absoluto sinónimos. Una persona extremista es, por ejemplo, un fascista o un terrorista: alguien que cuya ideología llega al extremo de, por ejemplo, la violencia (como el hombre blanco de Oregón que en mayo mató a dos personas durante una agresión racista en un tren). El extremista empuja y simplifica sus ideas a costa de despojarlas de humanidad, mientras que el radical profundiza en ellas hasta dar con la raíz. Porque eso es lo que significa la palabra radical: literalmente, ir a la raíz de un asunto. Agarrar el hilo de una injusticia visible y tirar, tirar y tirar hasta ver dónde empieza, cuál es su origen. Cuanto más tiremos de ese hilo, más sutil va a ser lo que nos encontremos. Y menos nos va a gustar verlo.

 

Precisamente, la sutileza de un privilegio y de sus beneficios es proporcional a la resistencia que ofreceremos a reconocerlo como tal. Para ello usaremos los recursos descalificativos de siempre: "No es para tanto", "Tampoco hay que exagerar", "Es que ahora parece que todo es racismo/machismo/LGTBfobia..." A menudo nos quedamos en la punta del iceberg condenando lo evidente (las agresiones físicas, por ejemplo), lo suficiente para tener la conciencia tranquila y ponernos el pin de progresistas, y no profundizamos en lo desapercibido, lo invisibilizado: las bromas, las palabras, las representaciones. Por así decirlo, nos dedicamos a cortar las ramas más altas del árbol pretendiendo de esta forma que hemos acabado con él de raíz, porque ir más allá nos resulta, en el fondo, muy incómodo. Por ello la radicalidad no es simple ni burda, al contrario: es sutil, empática y conlleva un trabajo de cuestionamiento constante de nuestro entorno y de nosotras mismas.

 

Resulta muy común oír aquello de que "viajar te abre la mente". No es mentira, viajar te despierta y te hace aprender y disfrutar de otras culturas, en el sentido más individual y recreativo. Pero como expresión se queda algo corta: si lo haces de forma consciente, viajar también te radicaliza, porque pone en un nuevo contexto las cartas que te tocaron al nacer. Yo me radicalizo y me reafirmo cada vez que descubro que como mujer me acosan igual en mi barrio de Madrid que en Bruselas que en Zagreb y compruebo una y otra vez que el heteropatriarcado es universal y sistemático. Me radicalizo cuando caigo en la cuenta de que no hay ciudad en la que no me hayan preguntado que si "me he dejado al novio en casa". Me radicalizo cuando soy consciente de que, viaje al país que viaje, el color de mi piel y el pasaporte que hay en mi bolsillo me van a garantizar tranquilidad en las aduanas. Me radicalizo, claro que me radicalizo, cuando salgo de mi entorno y me doy de bruces con la brutalidad de mis privilegios y con la universalidad de mis opresiones. Viajar es abrir la mente, sí, pero si se hace con los ojos abiertos, viajar también es tirar del hilo de las jerarquías sociales y descubrir unas raíces tremendas que trascienden fronteras y culturas.

 

Atenas, Grecia. Julio 2016
Atenas, Grecia. Julio 2016

 

Por otro lado, la radicalización no siempre es una cuestión de reflexión e introspección. Por ejemplo, yo siempre he sabido que una bomba que estalla en Kabul (Afganistán) y mata a cientos de personas es una tragedia. Lo entiendo como lo podemos entender todas: con la cabeza. Pero resulta que el verano pasado en Grecia conocí a un chico afgano, refugiado. Durante días hablé con él, me reí con él y formé un vínculo con él. Y entonces ocurrió algo curioso. La siguiente vez que un terrorista puso una bomba en Afganistán, mi reacción no fue la misma de siempre. Esta vez no era mental, sino visceral. Sentí miedo. Salió de mis tripas un miedo frío y atenazante por su familia, el mismo que sentimos en Europa cuando oímos que ha habido un ataque en Londres y pensamos inmediatamente en quienes están allí: tus amigas Bea y Sofía, o tu hijo Samuel, o tu colega Charlotte. Porque de pronto, "Afganistán" ya no es una palabra lejana y extraña, sino una cara, una persona, un amigo con una historia. Se ha creado un nivel de empatía que va más allá de la solidaridad, y que a la vez la refuerza, una necesidad de luchar que brota del pecho y no sólo de la cabeza. Has llenado tus ideas de emoción. Te has radicalizado un poco más.

 

Mientras que el extremismo trata de acallar y deshumanizar las voces ajenas y diferentes, la radicalidad hace esfuerzos por acallar la propia, mantener la mente abierta y escuchar. La radicalidad es lo opuesto a la comodidad, a una visión simplista de la existencia humana. Su comparación con el extremismo es un arma tramposa pero eficaz para invalidar a quienes nos hacen sentir incómodos sobre un privilegio que desconocíamos, el comodín que podemos usar cada vez que alguien señala que nosotras mismas jugamos un papel, queramos o no, en los sistemas de opresión. Y no se trata de una estrategia nueva o aislada: el inmenso poder de la tergiversación del lenguaje y de la información para modificar la percepción ajena de la realidad no es un secreto para quienes tienen el poder de llegar a las masas - sin ir más lejos, la prensa, que define quién es terrorista y quién "estaba loco y deprimido", quién fue asesinado y quién "fue hallada muerta", quién es un peligro por saltar una valla y quién no lo es por construirla.

 

Las nuevas guerras se encuentran precisamente en la raíz, en el lenguaje y sus eufemismos: "derecha alternativa" para decir nuevos fascistas, "gestación subrogada" para decir vientres de alquiler, "libertad de expresión" para justificar delitos de odio. Hace poco, la Asociación Nacional del Rifle lanzó un terrorífico anuncio usando este mismo discurso (ver abajo), que cada vez más gente asimila y defiende. Como dato curioso, después de que la portavoz de Trump presentara sus famosos "hechos alternativos", las ventas de la novela 1984 de George Orwell se dispararon. "Guerra es paz, libertad es esclavitud, ignorancia es fuerza"... y radicalidad es extremismo.

 

Nos guste o no, tenemos una responsabilidad sobre lo que hacemos, decimos y pensamos. La radicalidad se nutre de la solidaridad y la empatía, y por esta razón los viajes tienen el poder de abrirnos tanto los ojos. Extremismo y radicalidad no sólo no son sinónimos, sino que para combatir lo primero es necesario lo segundo. Porque para entender el mundo resulta imprescindible radicalizarnos, hacernos preguntas e indagar en el origen real de lo que ocurre en nuestro entorno, como resistencia ante un simplismo que se expande y se muestra ignorante, peligroso y, efectivamente, extremista.

 

Artículo escrito por Elisa Coll Blanco

Revolution on the Road es un blog feminista de viajes y activismo · Sígueme en Facebook:

ARTÍCULOS RELACIONADOS


Write a comment

Comments: 0